Tuesday, July 30, 2019

DON JOSÉ


La vida de Don José no había sido fácil, como la vida de muchos humildes campesinos sus días transcurrían entre largas y extenuantes jornadas de trabajo para conseguir las condiciones mínimas para vivir: su ranchito, sus animales, su mujer, la comida fresca recién sembrada en la mesa.
Algunas veces la escasez había llevado a la familia de Don José a desayunar solo con aguapanela y almorzar un caldo aguado solo de 'sustancia'. Pero eso jamás le había quitado su dignidad, como bien trabajador en los momentos difíciles su empuje lo llevaba a seguir trabajando, rebuscarse y continuar, con la energía que le daban los dulces besos de despedida de su mujer al despedirlo a las 4am para otra jornada.
La vida le había dado a Don José una hermosa hija, su orgullo, su pequeña traviesa, aquella que llenaba la casa son su risa, ¡como había amado Don José a su pequeña! Quizás para otros sea incomprensible, pero en el campo las escuelas son lejanas, y las oportunidades pocas, y aunque Don José intentó con todas sus fuerzas llevar a su pequeña por el mejor camino y hacer que estudiara en la escuela para conseguir un mejor futuro, las cosas no salieron como se esperaba. Consiguió novio joven un jornalero con fama de mujeriego, de quien se embarazó, pero él se fue mucho antes de conocer al bebé dejándola sola para criarlo. De ahí Don José tuvo una nieta, hermosa y risueña, y su casa se volvió a llenar de risas y travesuras. Su hija y su mujer trabajaban duro en el campo para asegurarle el futuro a la pequeña. Y el consiguió finalmente una oportunidad, un patrón necesitaba camionero, el trabajo era igualmente fuerte y de largas jornadas, incluía cargar y descargar la pesada mercancía. El camión que el patrón le dio a manejar estaba algo viejo y ajado por el tiempo, e inmediatamente Don José se sintió identificado: aún viejos, su camión y él, eran fuertes para trabajar.
Pero así como la vida daba, también quitaba, y le quitó a su hija. En un fuerte invierno, entre jornada y jornada, la salud de su hija fue menguando, una tos seca y cada vez más fuerte la atacaba. Y de nuevo el campo, ese lugar hermoso y paradisíaco, traicionaba a quien arduamente lo trabajaba, sin tener a la alcance un hospital ni dinero para medicinas. Finalmente la tos no dejó trabajar más a su hija y con esfuerzo la llevaron al puesto de salud, una neumonía fue diagnosticada. Y aunque la derivaron al hospital de la gran ciudad, finalmente la vida de su hija se apagó.
Don José y su mujer lloraron hasta que no hubo más lágrimas en su cuerpo, pero su nieta era su esperanza, su fuerza y su razón. La mujer de Don José con todos sus años ya casi no podía trabajar en el campo y querían cuidar a su nieta lo mejor posible, por lo que con el empleo de camionero tendría que ser suficiente para vivir, y sobrevivir con lo justo.
Un día el patrón mando a Don José con su carga en el camión para la gran ciudad, por esos días su nieta no estaba yendo a la escuela, un derrumbe por la época de lluvias se había llevado parte de la escuela y estaba cerrada. Por lo que la pequeña le suplicó acompañarlo, sería un viaje de ida y vuelta, todo en un día. Don José cedió a las súplicas de la pequeña, y él, su mujer y su nieta harían el viaje a la gran ciudad.
Esa mañana se despertaron temprano, ni el frío de la madrugada los haría retroceder. Mientras su mujer y su nieta terminaban de alistarse, Don José revisaba el camión, toda la carga debía estar en su lugar. La Luz izquierda del camión había estado molestando pero en ese momento prendió perfectamente, el viejo camión parecía listo para el viaje. Para las 5  de la mañana ya los tres estaban listo en la cabina para empezar el viaje. Entre música y risa fueron avanzando hacia la gran ciudad mientras el sol subía en el cielo.
El viaje ya estaba cerca de terminar su primer tramo, estaban entrando a la gran ciudad. Lo que hasta ese momento había sido una mágica aventura estaba apunto de cambiar.
Un retén de la policía de carreteras los retuvo. Los policías pidieron papeles, los revisaron, revisaron el carro, y en un segundo Don José dejó de entender. Los policías hablaban de incumplimientos y multas, de inmovilizar el camión. El miedo y la impotencia se apoderaron de Don José, intentó suplicar, pedirles que no se llevarán su camión, si no entregaba la carga no tendría pagos, ¿cómo iba a llamar al patrón a darle tan mala noticia? ¿De dónde iba a sacar la plata para una multa si apenas le alcanzaba para comer? Pero los policías no escucharon sus palabras, rígidos ante las súplicas desesperadas de Don José.
Ahí, junto a la carretera de entrada a la ciudad a solo un par de kilómetros de las primeras casas Don José, su mujer y su nieta vieron como los policías se llevaban su camioncito. Con el corazón en el piso Don José juntó todas sus fuerzas, su familia lo necesitaba y no se podía desmoronar. Llamó al patrón, quien luego de exaltarse empezó a buscar la forma de ayudarlo, él no podría ir a apoyar a Don José porque estaba enfermo, pero llamaría a sus amigos a pedir un par de favores que le debían.
Caminaron hasta entrar a la gran ciudad, casas y edificios se superponían, carros pitando estrepitosamente en las calles, la ciudad era ajena y fría para ellos. Llegaron a una tienda y pidieron un tinto, lo más barato, y un pan pequeño para que su nieta pudiera comer algo. Pasaban los minutos y la angustia se apoderaba de él. Cada momento que pasaba pensaba en las desolado de su situación, las preguntas llegaban una tras otra ¿Cómo se devolverían? ¿Cómo recuperaría la carga y el camión?¿De dónde saldría lo de la multa?¿Qué comerían?
Después de lo que pareció una eternidad el teléfono de Don José sonó, del otro lado estaba el patrón le daba el número de un abogado amigo que le ayudaría con las vueltas y a mirar que se podía hacer con la multa. Había esperanzas, el Abogado lo ayudaría.
Ya se acercaba el medio día, por lo que mientras Don José hablaba con el abogado para verse y coordinar todo lo que tenían que hacer, su mujer y su nieta comían un humilde caldo de sustancia que vendían en la tienda en la que seguían.
Don José debía encontrarse con el abogado en El Centro de la gran ciudad. Dejó a su mujer y a su nueva en la tienda, la tendera les había dado una mano y les había dicho que podían quedarse en la mesa y en su tienda lo que necesitarán.
Don José tomó camino a ver el abogado. Al llegar este le explicó que debía dirigirse al centro de tránsito. Había papeles que firmar, certificados que pedir, personas con las que va hablar, y una vez tuviera todos los papeles listos se verían nuevamente para terminar los trámites.
Toda la tarde se le fue a Don José haciendo esas vueltas. Llamó a su mujer cuando la tarde empezaba a menguar, no iba a poder terminar ese día, y empezaba a notar que no sabría si acabaría al siguiente. Debían buscar donde pasar la noche.
Con recomendaciones de la tendera y luego de haber tomado más caldo con algo de pan, llegaron a una pieza muy humilde en un sector peligroso de la ciudad, era lo más barato, y estaba al menos limpia la pieza. El dinero se le esfumaba, aunque casi no hubieran comido ese día, ya no le quedaba prácticamente nada. Había averiguado cuanto le costaba los pasajes en bus para su mujer y su nieta a su vereda, pero ya no tenía ni siquiera para ofrecerles un pan al desayuno.
Don José despertó temprano al día siguiente, tenía que conseguir cómo mandar a su familia de regreso a su vereda y terminar las vueltas con el abogado para conseguir el camión y poder vender la carga antes de que se estropeara.
Al subirse al primer bus, de aquellos grandes del sistema de transporte había visto a un hombre pedir dinero contando su historia. Aún era temprano y tenía algo de tiempo antes de que abrieran las oficinas de tránsito. Él nunca había pedido dinero, su trabajo aunque humilde era honrado y se había mantenido a él a su familia con el sudor de su frente. Pero las circunstancias no le dejaban opciones, necesitaba dinero para que su mujer y su nieta pudieran comer algo y devolverse, la ciudad no era segura para ellas y no tenía nada que ofrecerles allí.
Hizo su primer intento en el bus, se dirigió con palabras temblorosas a los pasajeros. Los citadinos parecían tan lejanos y toscos, sus rostros duros ignoraban sus palabras. Pero unas monedas llegaban a sus manos. No era suficiente pero era un avance.

***
Esa mañana había amanecido muy fría, últimamente las mañanas de la ciudad estaban nubladas y lluviosas, el aire estaba frío y húmedo. En esos días salir de la cama es muy difícil, tan cómoda y caliente siempre parece una mejor opción que la lluvia y un largo camino hacia el trabajo.
Siempre me ha parecido que el clima de esta ciudad influye directamente en las personas, quienes al final nos volvemos fríos y apáticos.
Las largas reflexiones matutinas y el irremediable deseo de quedarme en la cama habían hecho que fuera tarde al trabajo. Me había arreglado  lo más rápido posible, tomado un abrigo del armario, botas que se veían elegantes pero que facilitaban moverse entre los charcos de las calles y el infaltable paraguas. Las personas caminaban a toda prisa esperando mojarse lo menos posible bajo la lluvia.
Al llegar a la estación de buses la marea de gente parecía interminable, eso solo me auguraba una buena cantidad de empujones y codazos para poder subirme finalmente al bus hacia el trabajo.
Esperé que pasara bus tras bus y a medida que la gente subía podía acercarme más en la fila para entrar. Finalmente la marea de personas me arrastró hasta el interior de bus, tan lleno como podía estar, Pero sorprendentemente aún así los vendedores ambulantes se habrían campo para ofrecer un sinfín de productos y las más rebuscadas historias tristes. Había unos de estos personajes que ya conocía, siempre la misma historia triste, o acababan de salir del hospital o tenían a su hija enferma grave, o acababan de salir de la casa, o eran inmigrantes sin empleo, o cualquier historia trágica. Luego de años de escuchar las mismas historias como si fueran un libreto aprendido uno empezaba a perder la confianza. Recuerdo hace años uno de ellos me hizo llorar diciendo que a su hija la acababan de operar y que necesitaba un medicamento urgente, me partió el corazón, y le di un poco de dinero, un mes después volvió a contarnos la misma historia y extrañamente justo su hija había sido de nuevo operada el día anterior y necesitaba exactamente el mismo medicamento, y aún más extraño entre lágrimas contaba que era su primera vez pidiendo dinero, pero yo lo recordaba y recordaba su historia. Historia tras historia, cara tras cara, la confianza se había perdido, yo me ponía los audífonos y en la más letal indiferencia me negaba a escuchar sus tristes historias plagadas de mentiras o amenazas.
Y aunque hoy los vendedores de productos e historias tristes estaban ahí, mis audífonos se habían quedado en casa, así que de pie en el atestado bus solo podía escucharlos.
Un señor mayor se subió y empezó su historia, como tantos otros estaba "apenado" de hacer esto, y se excusaba en que era "su primera vez", tantas veces las mismas palabras sonaban en mi cabeza tan vacías. Su historia hablaba de una persona de campo que había venido con su camión cargado y que había sido inmovilizado por la policía, su esposa y su nieta estaban con el pasando hambre en una pieza que pudieron alquilar, y necesitaba dinero para pagarles el pasaje de regreso. Desgastada el alma de historias simplemente lo dejé pasar mientras recogía monedas a mi alrededor. Aún faltaban un buen trayecto hasta la siguiente parada del bus.
El señor se paró a mi lado, le hice campo lo mejor que pude, en el bus todos éramos iguales: personas dirigiéndose a algún sitio compartiendo el mismo espacio y bastante apiñados. El señor sacó un celular de los viejos, y realizó una llamada:
-Mija, ¿cómo está?-
La voz del otro lado era de una mujer con el mismo acento campesino.
-Bien, La Niña sigue durmiendo, no la he querido despertar para que no le de hambre-
-Mija, ya voy de camino a dónde el abogado, ya veré cómo podemos solucionar lo del camioncito-
-Vaya con Dios.-
Una llamada corta, que no pude evitar escuchar, no era por ser chismosa, simplemente estábamos tan cerca que terminaba siendo inevitable escucharlos hablar a través del celular.
Mientras los escuchaba una punzada de culpa, de dolor, y de angustia me atravesó. Su historia era cierta, él nos había dicho la verdad, y yo en mi mente lo había ignorado pensando que era otro mentiroso más. ¿Pero cómo yo iba a poder distinguir aquellos que decían verdades de quienes contaban mentiras?
Tal vez ir tarde a la oficina y que justo se hubiera hecho a mi lado en la parte de atrás del bus eran una señal, ese día yo debía cruzarme con él, y si ese era el caso al ser la única que con certeza sabía que su pena era real me sentía obligada a ayudarlos, a él, a su esposa y a la Niña que seguía durmiendo.
Antes de tener tiempo de pensar de mi boca salió una simple pregunta:
-¿cuánto le hace falta para los pasajes de su esposa y la Niña para el pueblo?-
El señor me miró y dudoso respondió con una cifra, no era mucho, estaba segura que tendría esa cantidad y un poco más en la billetera. Nos acercábamos a la parada, por lo que me apure a buscar mi billetera, saqué la cantidad pedida y un poco más. Era mucho más de lo que cualquiera le hubiera dado, eran un par de billetes, el equivalente a un día de trabajo de un obrero. Se lo di mientras el bus paraba, el incrédulo los recibió.
-Asegúrese que coman algo antes de irse y que lleguen bien-
-Señorita, Dios la bendiga, que a usted y a su familia le vaya bien, mi mujer rezará por usted...-
Mientras las personas se bajaban y él era arrastrado hacia la estación las bendiciones y los buenos deseos salían de su boca aún con ojos incrédulos y ahora llenos de lágrimas que los hacían aún más brillantes.
Debería haberme sentido feliz, para mí lo que le había dado no era mucho, pero para él en ese momento lo fue todo... pero la duda me asaltaba: ¿Con cuántos de los que me había cruzado me decían la verdad y desesperadamente necesitaban ayuda, mi ayuda quizás, y yo fría y distante los había juzgado de mentirosos?

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