Sunday, July 31, 2011

De las vacas flacas y otras anoréxicas

Cuando era pequeña ese tal cuento de las vacas flacas me parecía un tanto curioso, no entendía como un sueño que alguien había tenido hace muchísimos años seguía influyendo en la vida de las personas. Un sueño realmente celebre.
Pero justo después de pensar en eso vinieron las primeras vacas flacas de las que tengo recuerdo... era realmente pequeña, solo recuerdo el viaje afanado, dejar todo atrás botado. No había tiempo para recoger las cosas, solo para correr y correr. Llegar a una ciudad desconocida con las manos vacías como tantos otros desplazados en este país, es tan normal la historia que han vivido cientos de personas aquí que no vale la pena recordarles. Aunque el motivo de ese desplazamiento no fue la violencia, bueno por lo menos no la de la guerrilla.
íhora tantos años después volvieron las vacas flacas, y volvo a recordar ese sueño antiguo que ahora me da la sensación de vigencia, como si hubiera sido soñado y predicho para mí y no para un viejo imperio.
Este año empezó diferente a los otros. Mi madre ha librado tantas batallas en la vida que esta simplemente parecía una más, es una guerrera incansable, de aquellas echas de temple y fiereza más cercana a una amazona que a una ejecutiva, su trabajo; no le dí la importancia que tal vez merecía.
Estaba perdiendo la batalla, enfermándose con tantas heridas de guerra, y sobre todo puñaladas traperas que pensé que tal vez no aguantaría más, así que le pedí dejar esa batalla e iniciar una nueva con más energías, o por lo menos ese era el plan. Renunció a esa batalla sucia, llena de golpes bajos, pero tan herida que por momentos tuve miedo de que no podría con otra batalla. teníamos algunos víveres para sobrevivir algún tiempo, así que tuvimos que restringirlos, porque no sabíamos cuando encontraríamos comida en el desierto que teníamos por delante.
Primero teníamos que curar heridas, y eso hicimos. Con paciencia mi madre, gran amazona como ya mencioné, curó sus heridas para poder atravesar el desierto. Estuvimos listas, y ella curada, íbamos a empezar la travesía.
Pero nos golpeó una tormenta inesperada. Caí enferma, seguramente de algún mal del desierto, unas pequeñas células, aparentemente insignificantes, se habían enloquecido en mi cuerpo y por lo que parecía podían crecer sin control, había que controlarlas lo antes posible por lo que se necesitaban fuertes remedios que más parecían veneno por las consecuencias, y la necesidad inminente de sacar esas células apresuró una operación. No fueron tiempos fáciles, la amazona no pudo pelear su propia batalla, tenía que acompañarme en la mía, sus ojos solo estaban para mí, para que me mejorara, y los mimos de una madre dulce y tierna estuvieron aún en aquella amazona.
Sobreviví, y aunque no fue tan terrible como cuentan los ancianos de ese mal de desierto sus consecuencias fueron terribles. La amazona había pospuesto una batalla inminente contra el desierto en busca de víveres, y los que teníamos pronto llegarían a su fin, nos quedaba tan poco que la comida fue necesario racionarla, porque no sabíamos a ciencia cierta cuanto volvería a haber reservas suficientes.
Aunque yo no herede el temple guerrero de las amazonas de las que provengo, debía pelear mis propias batallas, pero con tanto tiempo en cama enferma mis enemigos crecieron mucho más que yo, debilitada tuve que ir a la guerra, y las consecuencias no fueron buenas, perdí dos aunque gané cinco... pero esas dos hacían una diferencia tan grande que fue como haber perdido la batalla, aunque no la guerra.
De nuevo en la guerra la amazona estaba haciendo sus mejores movimientos, pero tal vez los años empezaban a pasar cuenta después de tantas peleas, el cuerpo de la amazona estaba cediendo a la edad, y el desierto dio un golpe muy fuerte.
Ese golpe de nuevo abrió las heridas de la amazona, aquellas que parecían curadas, pero no lo estaban. Cayó gravemente enferma, mandé emisarios a las cercanías, y de la ciudad aparecieron médicos y sabios. El veredicto incluía una inflamación en las entrañas, hubo que operar, y luego estar en cama, la inflamación había causado que esa pequeña parte de las entrañas resultara seriamente lastimada. Apendicitis como otros dirían, y un mal o buen intento de peritonitis.
Un problema llevó a otro y al final la amazona estaba tan enferma que no podía sostenerse en pie.
Yo, como ya mencioné solo soy alguien más, no tengo esa fortaleza, ni ese temple, o por lo menos aún no lo encuentro, y tuve que hacerme cargo de muchas cosas. Intentar mantener la casa, no dejar que el desierto la consumiera, pagar las cuentas, el arriendo, y conseguir algo que comer. Las provisiones ya casi eran nulas.
He de anotar que la amazona logró ganarle a la enfermedad. Pero para ese momento ya no había provisiones, yo no estaba lista para asumir esa batalla, y no había con que pagar el arriendo, ni la comida, y ya no quedaba nada en el banco.
La amazona retomó la batalla, yo debía continuar con la mía, aunque de menor tamaño, la universidad, y respaldarla en la de ella, sostenernos.
La condición actual de la guerra: ya no queda nada en el banco, no hay dinero en los bolsillos, ni comida en la nevera, hay que desalojar el apartamento porque no tenemos con que pagarlo, necesitamos vender todo lo que se pueda porque no sabemos a donde iremos y no nos podemos llevar con nosotras tantas cosas, la universidad esta en vilo porque no hay con que pagar las cuotas del préstamo. La amazona y yo seguimos en la guerra. Al final, siempre hay que volverse a parar... eso es lo que nos hace lo que somos, amazonas.
Pero lo cierto es que, algunas veces las vacas flacas son realmente anoréxicas.