Un Nombre
Había caminado buena parte de la tarde nublada, algunas veces el aire llevaba pequeñas gotas de lluvia que chocaban contra el suelo y mi cara. El recorrido había sido largo, caminaba al principio sin rumbo, transitando las laberínticas calles de una ciudad desconocida, no porque no haya pasado muchas veces antes por esas calles sino porque estaba ausente de ellas, y misteriosamente habían cambiado a mis ojos. No recuerdo con exactitud el panorama... no puedo recordar siquiera el camino exacto que seguí el primer tramo. Cuando me di cuenta estaba caminando por un reconocido barrio de la ciudad, Chapinero Alto, recordé lo dicho por mi madre, aquel era un buen sitio para vivir, buscaríamos apartamento en ese sector. Aproveché estar allí para buscar el apartamento, miré con detenimiento uno a uno los edificios y sus ventanas buscando letreros de arriendo.
Caminé hasta la calle sobre la cual quedaba la oficina de mi madre, visitarla y contarle sobre mis hallazgos. Bajé por la calle semidesierta –no era horario de almuerzo-.
Ella estaba sentada en su escritorio atendiendo el teléfono, mientras sonaba el otro que tenía a su izquierda, quise saludarla, pero no notó que entré, espere algunos momentos mientras colgaba. Al fin me sonrió.
Un café, sólo podía pensar en tomarme un café, uno granizado, de esos que tienen pequeños pedacitos de hielo, con leche condensada acompañándolo. Cerca había un café tradicional de la ciudad.
El tiempo pasa rápido, y otras veces no pasa. Ya era tarde, me esperaba una clase de 6 de la tarde y el tiempo apremiaba. De nuevo caminé, pero esta vez de afán y con un rumbo fijo, con la mente concentrada y haciendo parte de este mundo.
Llegué. Los buses pasaban y levantaban el agua de los charcos sobre los transeúntes. Lloviznaba. Esperé pacientemente un bus, sin saber exactamente cual esperaba, no conocía esas rutas, tenía que adivinar por los letreros los itinerarios.
Un par de metros atrás mío había una muchacha un poco mayor que yo parada, esperando bus. Escuché que le pedían dinero, no entendí bien que decían, me voltee y vi dos cuerpos, uno más alto que él otro.
-Señorita- Era la misma voz que le había hablado a ella, giré y allí estaba de pie el cuerpo alto que había visto, ahora tenía forma. Su ropa vieja y gastada, su camisa negra desgarrada (quizá intencionalmente, tal vez un accidente), medias blancas altas casi hasta la rodilla encima del pantalón, sobre su cabeza un trapo negro semejante al de las mujeres musulmanas, su cara tenía rastros de un maquillaje blanco, y sus párpados de uno rojo. Era joven. No supe en un principio si era hombre o mujer.
-Me puede dar una moneda de doscientos pesos para comer- Lo miré a los ojos, era un hombre.
-Permíteme miro que hay en mi bolsillo- En mi bolsillo habían tres monedas, una de cien, una de doscientos y una de quinientos pesos; las saqué las tres y con mi mano extendida las observé un breve momento. Luego mis ojos se levantaron hasta su rostro. Su mano extendida esperaba la limosna. Le di la moneda de quinientos.
-¿Me da las otras?- Hice una mueca cómica con la cara, o por lo menos eso creo. Lo miré a él y de nuevo la vista a mi mano.
-¿y mi bus?- No respondió. No añadí nada. Le sonreí, una pequeña sonrisa, un esbozo de sonrisa más bien fue lo que cruzó por mi cara. Coloqué en su mano (aún extendida) las dos monedas restantes.
-¿Por qué me ayuda?- La curiosidad en sus ojos era desbordante. Ansiaba una respuesta, la necesitaba. La expresión suplicaba una razón. Apenas pasaron décimas de segundo cuando obtuvo la respuesta.
-Me cae bien... No me ha hecho nada malo, merece mi ayuda- Esta vez mi sonrisa fue amplia y notoria. Así era. Así sentía, mi respuesta había sido pensada mientras la decía, sin tiempo acaso de planear cada palabra. Él lo sabía.
Estire mi mano con un ambiente cortes, como quien va a saludar.
-Mucho gusto, Amalia Calderón- No supo como reaccionar. Probablemente no entendía que estaba haciendo. Yo sólo quería presentarme. Varios segundos pasaron antes de que me diera respuesta, buscaba con ansias las palabras indicadas para responderme. Él no sabía como debía actuar en una situación como esa. Sus ojos miraban el suelo.
-No tengo nombre... no lo recuerdo- No era capaz de mirarme a los ojos después de aquella terrible confesión. No sabía su nombre. Nadie se había preocupado por contarle como se llamaba. Pensé un momento.
-Eso se puede solucionar ¿qué nombre te gusta?- Sus manos jugaban con las monedas. Intentaba recordar algún nombre para ponerse. Sus ojos sin levantarse del suelo miraban de un lado al otro. Murmuraba casi ininteligiblemente “no, ese no... no me gusta... Fel...”.
-Carlos- Habló en una voz baja, no estaba seguro de lo que decía, tenía miedo de equivocarse.
-¿sólo Carlos?- Yo esperaba un apellido. Pero era su nombre no mío, no debía exigirle condiciones en su nombre, tenía que esperar que el decidiera como llamarse. Indagué en la profundidad de sus ojos apagados y opacos alguna verdad sobre él y sobre su vida, y en especial sobre su nombre.
-Carlos Nube...- Esta vez su voz estaba más segura, pero no había terminado su frase algo había faltado para quedar completamente convencido de lo que me decía. No esperé que retomará lo que estaba diciendo.
-Mucho gusto en conocerte Carlos Nube- De nuevo estire mi mano. Estaba fría por haberla sacado del bolsillo. Ahora el también estiró la suya, y la apreté con cierta fuerza. Era áspera, y había un pedazo sucio de tela como vendas cubriéndola, las uñas estaban algo largas, y la tierra las cubría en su totalidad.
-¿A dónde va?-
-Voy a estudiar, Carlos. Se me está haciendo tarde- me miró y se alejó lentamente, observaba la mano con las monedas con una concentración algo peculiar. Había regresado a su mundo.
Cogí un bus, y pedí que ese fuera el correcto.
Pasó el tiempo como suele pasar casi siempre, corriendo velozmente sin esperarme. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses... no estoy segura.
Caminaba de nuevo, como ya era habitual en una tarde gris en la ciudad. Me llamaron, gritaron mi nombre desde el otro lado de la calle. No reconocía la voz. No reconocía a nadie del otro lado que me fuera familiar. Pero era mi nombre: Amalia Calderón.
Un hombre cruzó la calle corriendo hacia a mí, sin mirar los autos que pitaban estruendosamente al desprevenido peatón. Era él. Frenó en seco un metro antes de donde estaba parada.. Su ropa era la misma, pero él estaba limpio, sus manos no tenían tierra, y sus uñas estaban cortas, su rostro ya no tenía los rastros del maquillaje pasado. Sus ojos tenían vida, brillaban.
Estiró su mano hacia mí, me sonrió. Vi por primera vez su sonrisa, y aunque sus dientes estaban desordenados la felicidad con que se llenaba su cara al sonreír era ilimitada. Nos apretamos las manos.
-Me agrada volverla a ver, Amalia Calderón- La sonrisa no se borraba de su rostro, era permanente ahora en él. Sus ojos sonreían, sus arrugas prematuras sonreían, su boca sonreía. Era una expresión general, todo él era una sola sonrisa.
-Buenas Tardes, Carlos Nube- Le respondí su amplia sonrisa con otra de las mismas.
Nos quedamos en silencio con las manos apretadas un largo momento. Sólo nos mirábamos, él me encontraba y yo lo descifraba.
Penetraba en su mente, y allí inesperadamente encontré esperanza. Una esperanza oceánica. Él ahora la tenía para sí mismo, para los demás.
Yo ahora tenía un nuevo ángel guardián.

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